El Choque de los Titanes
En la primavera del año 334 antes de Cristo, Alejandro III de Macedonia tenía veintidós años y heredaba el ejército más perfecto que Grecia había producido jamás. Su padre, Filipo II, había pasado veinte años transformando a los macedonios de una potencia regional periférica en la fuerza militar dominante del mundo griego. Ahora ese ejército era suyo, y Alejandro tenía un objetivo que había perseguido desde la infancia, alimentado por su tutor Aristóteles y por las historias de Aquiles que había aprendido de memoria: la conquista de Persia.
Alejandro: El Hombre y el Mito
Para entender por qué Alejandro venció a Persia, hay que entender primero quién era Alejandro. Hijo de Filipo II y de la princesa epirota Olimpia, creció en una corte donde las intrigas políticas eran el pan de cada día y donde la violencia era un instrumento de gobierno perfectamente normal. Aristóteles le enseñó filosofía, ciencia, medicina y literatura. Homero le enseñó —a través de la Ilíada— que la gloria se conquista en el campo de batalla y que la vida de un héroe es breve pero eterna.
Alejandro tenía cualidades extraordinarias como comandante militar: una capacidad casi sobrenatural para leer el terreno y el movimiento de las tropas enemigas, un coraje personal que le llevaba siempre a la primera línea de combate —lo que le costó numerosas heridas a lo largo de su campaña—, y una habilidad para inspirar lealtad en sus hombres que iba mucho más allá de lo ordinario. Pero también tenía debilidades características de su carácter: una cólera devastadora cuando se sentía traicionado, una dependencia del alcohol que empeoró con los años, y una necesidad de ser considerado divino que chocó cada vez más con sus generales macedónicos.
El Gránico 334 aC: El Primer Golpe
El primer gran enfrentamiento entre Alejandro y Persia tuvo lugar en mayo del 334 aC, en las orillas del río Gránico, en el noroeste de Asia Menor. Los sátrapas persas de la región habían reunido un ejército de aproximadamente cuarenta mil hombres —mitad caballería, mitad infantería mercenaria griega— y habían tomado posiciones en la orilla opuesta del río, aprovechando la corriente y las márgenes empinadas como defensas naturales.
El general griego al servicio de Persia, Memnón de Rodas, propuso una táctica inteligente: retirarse, aplicar tierra quemada, y dejar que el ejército macedónico se agotara persiguiendo un enemigo que huía. Los sátrapas persas rechazaron el consejo por razones de honor —no podían permitirse la humillación de huir ante un rey menor— y decidieron dar batalla. Fue un error fatal.
La batalla del Gránico fue brillantemente ejecutada por Alejandro. Mientras el centro macedónico presionaba frontalmente, él mismo lideró la caballería compañera hacia el flanco derecho persa, creando el caos que permitió a la falange avanzar por el centro. La victoria fue aplastante. Más importante aún: la derrota de los sátrapas en su primera batalla abrió las ciudades griegas de Asia Menor a Alejandro sin necesidad de asediarlas. Toda la costa occidental de Asia Menor cayó en semanas.
Issos 333 aC: Rey contra Rey
En el otoño del 333 aC, Darío III tomó el mando personal del ejército persa por primera vez. Era un momento de enorme presión política: llevar en persona el ejército era necesario para demostrar que el Gran Rey no temía al conquistador macedónico. Eligió un campo de batalla en el estrecho paso costero de Issos, donde las montañas y el mar comprimían el terreno, neutralizando teóricamente la superioridad de la caballería macedónica.
La batalla de Issos fue el primer enfrentamiento directo entre los dos monarcas. Darío, en el centro del ejército persa, se encontró de repente con que Alejandro había roto la línea persa en el flanco derecho y se dirigía directamente hacia él. Lo que siguió fue el momento definitorio de Darío como rey: subió a su carro de guerra y huyó del campo de batalla, dejando atrás a su ejército, y más humillantemente aún, a su madre, su esposa, sus hijas y su tesoro personal.
La captura de la familia real persa por Alejandro fue un golpe psicológico enorme. Sin embargo, Alejandro trató a las prisioneras con un respeto escrupuloso —no ejerció violencia ni humillación sobre ellas— lo que los historiadores antiguos interpretan como una demostración de su concepto de realeza legítima. No quería humillar a Persia: quería convertirse en su rey.
"Darío huyó, pero Alejandro no le persiguió. En cambio, entró en la tienda del rey y contempló los tesoros bañados de oro, los perfumes y los ungüentos, la belleza de todo aquello. Luego, volviéndose a sus compañeros, dijo: Esto, al parecer, es ser rey."
— Plutarco, Vida de Alejandro, cap. XX
Los Dos Años Cruciales: Preparando la Revancha
Tras Issos, Alejandro no persiguió a Darío directamente. En cambio, pasó los siguientes dos años consolidando el control del Mediterráneo oriental: tomó Tiro tras un épico asedio de siete meses, ocupó Egipto —donde fue aclamado como faraón y fundó Alejandría— y se adentró en el desierto hasta el oráculo de Amón en el oasis de Siwa, donde según la tradición le fue revelado que era hijo del dios.
Mientras Alejandro consolidaba su control mediterráneo, Darío usó esos dos años para preparar su venganza. Reunió el ejército más grande que el Imperio podía levantar, incorporó unidades especiales —carros de guerra con cuchillas en las ruedas, elefantes de guerra, caballería de las estepas escíticas— y eligió el campo de batalla con todo el cuidado que Issos no había tenido. Esta vez no habría estrechos ni terreno accidentado: eligió la llanura de Gaugamela, en la Mesopotamia actual, y la hizo aplanar específicamente para que sus carros de guerra pudieran maniobrar sin obstáculos.
Darío incluso envió embajadores a Alejandro ofreciendo la mitad del Imperio y la mano de su hija a cambio de la paz. Alejandro rechazó la oferta. Cuando su general Parmenión dijo "Yo aceptaría, si fuera Alejandro", Alejandro respondió: "Y yo también, si fuera Parmenión." Era inevitable: el enfrentamiento final tendría lugar en Gaugamela. El episodio 3 cuenta lo que sucedió ese día.
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La Llanura de Gaugamela →