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TRAICIÓN · FIN DE UNA ERA · 330 a.C.

La Muerte de Darío III: Traición y el Fin del Imperio

En el verano del año 330 antes de Cristo, en algún punto del camino entre Ecbatana y Bactriana, el hombre que había sido el Gran Rey del mayor Imperio del mundo conocido fue asesinado por sus propios nobles. El cuerpo de Darío III Codomano fue encontrado al borde de un camino por los jinetes macedónicos de avanzada, abandonado en un carro, atravesado por múltiples lanzas. El asesino era Beso, el sátrapa de Bactriana, quien esperaba que la muerte de Darío le permitiera proclamarse nuevo Gran Rey y continuar la resistencia contra Alejandro desde las provincias orientales del Imperio.

La Fuga Hacia el Este

Después de la derrota en Gaugamela y de la caída de Babilonia, Susa y Persépolis, Darío intentó reorganizar la resistencia desde las provincias orientales del Imperio, lejos de la llanura mesopotámica donde la ventaja táctica macedónica era más evidente. Las montañas de Media, Partia, Bactriana y Sogdiana ofrecían un terreno muy diferente: más accidentado, más difícil para la falange, con poblaciones guerreras que no habían sido conquistadas por Alejandro. La estrategia tenía sentido en teoría.

Darío llegó a Ecbatana —la capital de Media, actual Hamadán en Irán— con los restos del ejército que habían sobrevivido a Gaugamela. Aquí intentó reorganizar sus fuerzas y reclutar nuevos soldados. Pero la derrota había erosionado su autoridad de manera irreparable. Los grandes nobles y sátrapas que rodeaban al Gran Rey comenzaron a calcular sus opciones personales, y la figura de Beso —el sátrapa de Bactriana, con control sobre una de las provincias militarmente más poderosas del Imperio— comenzó a ganar influencia a expensas de Darío.

Alejandro, informado de la posición de Darío, realizó una de las marchas más rápidas de toda la campaña. Avanzó desde Persépolis hacia Ecbatana a tal velocidad que varios autores antiguos expresan su asombro: en algunos tramos, el ejército macedónico cubrió distancias que normalmente requerían semanas en cuestión de días. Cuando llegó a Ecbatana, Darío ya había partido hacia el este. La persecución continuó.

Darío III en su carro de guerra
Darío III en su carro de guerra. Tras Gaugamela, el Gran Rey intentó reorganizar la resistencia desde las provincias orientales, pero sus propios nobles conspiraron para derrocarlo. Su asesinato por Beso marcó el fin definitivo del Imperio Aqueménida.

La Conspiración de Beso

Los detalles de la conspiración que llevó a la muerte de Darío son conocidos principalmente a través de Arriano y Quinto Curcio Rufo, y ambos ofrecen versiones ligeramente diferentes. Lo que parece claro es que Beso y un grupo de nobles —incluyendo a Narbazanes, el commandante de la caballería, y Barsaentes, el sátrapa de Aracosia— llegaron a la conclusión de que Darío era un lastre para la resistencia. El razonamiento, por perverso que fuera, tenía cierta lógica militar: si Alejandro capturaba a Darío, obtendría la legitimidad simbólica de haber capturado al Gran Rey, lo que aceleraría la rendición de las provincias restantes. Si Darío moría a manos persas, Beso podría proclamarse nuevo Rey de Reyes y continuar la guerra como líder de una resistencia legítima.

Beso propuso a Darío que le entregara el mando del ejército para conducir la resistencia más eficazmente. Darío rechazó la propuesta. En ese momento, los conspiradores lo arrestaron. Según las fuentes, Darío apeló a los soldados rasos persas que lo rodeaban para que lo liberaran, pero estos, intimidados por Beso y los otros nobles, no actuaron. Darío fue encadenado y cargado en un carro cubierto, para ser usado como moneda de cambio si la situación lo requería, o ejecutado si los macedónicos se aproximaban demasiado.

La fuerza de caballería macedónica enviada por Alejandro para interceptar la columna persa casi alcanzó el objetivo. Según Quinto Curcio Rufo, los jinetes macedónicos llegaron a ver el polvo levantado por la columna persa. Beso, al darse cuenta de que no podía escapar con el prisionero, tomó la decisión de matarlo. Varios nobles clavaron sus lanzas en el carro donde estaba encadenado Darío y continuaron la huida. Cuando los macedónicos llegaron, encontraron el carro abandonado con el Gran Rey agonizante dentro.

El Encuentro con Alejandro

Existe una tradición —narrada por Plutarco y Quinto Curcio— de que Darío no murió inmediatamente sino que sobrevivió el tiempo suficiente para ser encontrado por un soldado macedónico llamado Polystrato, que le dio agua. Darío, según esta versión, alcanzó a decir algunas palabras antes de morir: expresó gratitud hacia Alejandro por el trato que había dado a su familia, y pidió que se trasladara este mensaje. Cuánto de esto es histórico y cuánto es elaboración literaria es imposible de determinar con certeza.

Lo que sí es cierto es que Alejandro llegó al lugar donde estaba el cadáver de Darío, lo cubrió con su propio manto de púrpura real, y ordenó que fuera embalsamado y transportado a Persépolis para recibir sepultura con los honores correspondientes a un Gran Rey persa. El gesto fue deliberadamente simbólico: Alejandro se presentaba como el sucesor legítimo de Darío, no como su conquistador. Al dar al último rey aqueménida los honores fúnebres correspondientes, establecía su continuidad con la tradición real persa.

"Alejandro lloró sobre el cadáver de Darío, diciendo que la fortuna le había tratado cruelmente: primero haciéndolo rey, luego arrebatándole todo. Pero que al menos sus asesinos recibirían el castigo que merecían."

— Quinto Curcio Rufo, Historia de Alejandro, V.13

La Persecución de Beso y la Justicia Real

La campaña de Alejandro contra Beso fue tan rápida como la persecución de Darío. En el 329 a.C., tras cruzar el Hindu Kush con el ejército en pleno invierno —otra de las hazañas logísticas extraordinarias de la campaña—, Alejandro llegó a Bactriana. Beso, que se había proclamado "Artaxerjes V" y portaba la tiara real persa en señal de su pretensión al trono, encontró que el apoyo que esperaba de los nobles bactrianos se evaporaba rápidamente ante el avance macedónico.

Beso fue entregado a Alejandro por sus propios aliados y sometido a un proceso judicial no como prisionero de guerra macedónico sino como rebelde persa: acusado del asesinato de su rey legítimo Darío III. El castigo fue el mismo que el derecho persa prescribía para el regicidio: la mutilación de la nariz y las orejas, la flagelación pública, y finalmente la ejecución. Alejandro cumplió con la ley persa, no con la macedónica. El mensaje era transparente: él era ahora el guardián de la legalidad del Imperio Aqueménida.

Con la muerte de Beso, desapareció el último pretendiente al trono aqueménida de la línea directa. El Imperio que había tardado dos siglos en construirse, que había gobernado sobre cuarenta millones de personas en el corazón del mundo conocido, y que había representado la forma más sofisticada de organización política que la humanidad había conocido hasta entonces, había llegado a su fin. La era helenística comenzaba.

Fuentes y Referencias Científicas

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